lunes, 26 de agosto de 2013

¿Y ANTES DE LOS LIBROS, QUÉ?

 


ESTAMOS MÁS QUE ACOSTUMBRADOS A IR A NUESTRAS ESTANTERÍAS DE CASA Y COGER UN LIBRO. SIN EMBARGO, LA IDEA DE LIBRO TAL Y COMO ACTUALMENTE ENTENDEMOS NO HA SIDO SIEMPRE ASÍ. 

 

 

No fue hasta el siglo I d. C. cuando aparecieron los primeros "libros", llamados "códices", pero habrá que remontarse hasta mucho antes para ver toda la evolución de los soportes y materiales por los que pasó la escritura.

En los tiempos más inmemoriales se utilizó la piedra como soporte de escritura, un material fuerte, imperecedero, sobre el que se realizaban inscripciones a base de cincel. Estos escritos solían estar relacionados con asuntos políticos, religiosos, funerarios, comerciales, o también como inscripciones en estatuas.



Otro soporte muy utilizado en la antigüedad, con diferentes fines, fueron las "tablillas de cera". Tenía una gran ventaja y era la posibilidad de moldear el texto escrito, con la posibilidad de modificar el texto, hacer anotaciones, etc. Constaban de una base de madera sobre la que se vertía la cera y se solidificaba. Con la ayuda de un punzón se escribía sobre ella haciendo ligeras incisiones. Este mismo punzón estaba diseñado en la parte posterior como forma de espátula para poder borrar en caso necesario. Se usaban como cuadernos, inventarios, recibos.





El "papiro" (πάπυρος) tiene unos orígenes profundamente arcaicos (el primer papiro encontrado data del 3035 a.C) aunque tiene una gran desventaja, y es su gran fragilidad como material. Se basa en la unión de las tiras sacadas del tallo de la planta del mismo nombre muy abundante en las orillas del Nilo, creando una especie de red de fibras alternándose de manera vertical y horizontal. Con varias hojas de papiro se constituían los "rollos de papiro" o "volúmenes", para una mayor extensión, conservándose de manera enrollada.


Se escribía sobre el papiro con un "cálamo" (κάλαμος), tallo de caña hueca cortado de forma oblicua para contener la tinta. Se escribía siguiendo la línea de las fibras y cuando se terminaba el espacio por uno de los lados se continuaba escribiendo de manera inversa por el lado contrario, siguiendo de nuevo la dirección marcadas por las líneas del propio papiro.



Ya entrada la Edad Media se sustituyó paulatinamente el "volumen" por el "códice", adoptando no ya la imagen de un rollo continuo sino de un conjunto de hojas cosidas, acercándose más al aspecto rectangular que tiene actualmente, obviamente más cómodo para la lectura.

Esto era lo que se denominó como "códices". Pero no estaban hechos de papel (hasta bien entrada la Edad Media) sino de base de "pergamino", material llamado así por haber sido inventado en la ciudad de Pérgamo (Asia Menor, actual Turquía). Constaba del aprovechamiento de la piel de animales como corderos, cabritos, terneros, afinándola y recortándola.
 
 

Estos códices son lo que ya podríamos llamar como los "primeros libros de la historia", un conjunto de hojas encuadernadas cubiertas por tapas, pero tendríamos que esperar hasta el Bajo Imperio Romano (S.III-V) para su generalización. 




Esto suponía que el material utilizado era escaso y por lo tanto de alto valor económico, lo cual derivó en un gran cuidado en la selección de las obras literarias de las que se realizaban copias de mano de los monjes en los monasterios, los llamados "manuscritos". Al códice más antiguo se le llama "arquetipo" (αρχή: origen, principio; τύπος:tipo, modelo), y la mayoría de los que se conservan son entre el siglo VIII y el XII. De los que después se realizaron el resto de las copias.
 
Al ser un material tan caro, conllevó a que en muchas ocasiones se reutilizara, raspando el texto anterior y sobre-escribiendo otra obra literaria. A estos códices se les denominó "palimsestos" (παλί-μψηστον: grabado nuevamente)  gracias a ellos hemos sido capaces en estos últimos años, empleando nuevas técnicas de lectura con láser, de recuperar viejas obras literarias sumidas en el olvido. 

Progresivamente, con la invención del papel (pasta de celulosa) en China  y su posterior difusión gracias a los árabes, se fue dejando de un lado el pergamino y se invirtió en esta materia mucho más barata que permitía una mayor difusión de copias con menor coste.



Otro gran impulso lo dio la invención de la imprenta a finales del siglo XV, gracias a la cual se imprimieron con gran rapidez obras que habían tardado siglos en ser copiadas y supuso la salvación para muchas obras literarias. Las ediciones hasta el 1500 se han denominado "incunables" y a partir de entonces no han dejado de reeditarse gracias a la imprenta, hasta nuestros días.




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